jueves, 12 de noviembre de 2015
¡¿Qué ha pasado?!
Antes se jugaba en la calle al pilla-pilla o al escondite con cualquier niño que hubiera en el parque a esa hora, ahora se juega a la PlayStation con nuestro ''grupito'' totalmente exclusivo y cerrado.
Creíamos en los príncipes azules y en las princesas que besaban ranas.
Nuestras mayores preocupaciones se basaban en no saber si podríamos acabar con la verdura del plato o en si no podríamos salir a saltar a la comba al aire libre.
¿Qué nos ha pasado?
¿Por qué ahora si no somos capaces de aguantar tres litros de alcohol en nuestro cuerpo ya no nos sentimos felices? ¿Esclavizados del alcohol y la fiesta a los 15 años?
¿Os acordáis de cuándo salíamos del colegio y en la puerta ya teníamos a nuestros padres con el bocadillo de la merienda preparado?
Ahora, incluso nos da vergüenza que nuestros padres nos vengan a recoger al colegio. ¡Qué ya tenemos 15 años, por favor! ¡Qué somos muy mayores! ¡No nos avergoncéis delante de nuestros amigos!
Porque claro, esa mujer que te llevó durante nueve meses consigo misma a todos lados y ese hombre, que cada día se levantaba a las seis de la mañana para que, ahora, a ti no te falte el Iphone, ahora esas dos personas, únicamente significan para nosotros nuestra vida y todo lo más importante cuando necesitamos dinero, que nos dejen ''una horita más'' o un ordenador nuevo.
Y ellos, tan tontos, ''que no le falte de nada al niño''.
¿No os dais cuenta? Algunos lo llaman madurez, otros adolescencia y los hay que que usan un término tan raro como es estar en ''la edad del pavo''.
Dormíamos con peluches de toda clase y color, a veces no cabían tantos en la cama, pero estábamos dispuestos a dormir en el suelo de la habitación sólo por y para que ellos estuvieran cómodos.
Poníamos un plato vacío en la mesa para nuestro amigo imaginario.
Veíamos los partidos de fútbol con papá y los programas de cotilleo de la tarde con mamá.
Corríamos hacia nuestros abuelos nada más verlos y nos fundíamos con ellos en un abrazo como si se acabara el mundo en ese preciso instante.
Nuestra felicidad no dependía de nadie más que de nosotros mismos.
Jugábamos solos sin necesidad de nadie más.
Y derrepente...
Ahora parece que la tecnología ha sustituido al pilla-pilla y al escondite.
Programas en los que se busca el amor nos han hecho olvidar lo bonito que sería correr por la playa las mañanas de Verano o leer un libro al sol.
Necesitamos de un móvil para ampliar nuestro círculo de amigos, ya no se lleva eso de conocer a gente en una plaza y comenzar por un simple y sencillo ''Hola''. Ahora nuestros followers en Instagram son nuestros amigos. No importa el conocerlos bien o no.
Lloramos por grandes tonterías, olvidando que llorar es sólo para emergencias.
Todo nos hace daño.
Pegamos portazos y damos voces a diestro y siniestro.
De verdad os digo que no entiendo que fue de esa niña que montaba en bicicleta por el pueblo, que ayudaba a su abuela a hacer la comida y que ponía la mesa sin rechistar.
No entiendo como se nos fue tan rápido la imaginación y la inocencia. Pensad que creíamos que un hombre vestido de rojo entraba por la chimenea de casa y nos dejaba regalos debajo del árbol en el que colocábamos adornos sin ningún tipo de orden. Pero, ¿y lo bonito que era poner aquellas luces de colores y aquellos espumillones?
Ahora las discotecas hacen fiestas que merecen más la pena que quedarse en casa a ponerle cosas a un árbol artificial. ¡Dónde va a parar!
Pero que imbéciles nos hemos vuelto...
Hemos sustituido nuestras estanterías llenas de juguetes y recuerdos, por pósteres de cantantes americanos y de jugadores de fútbol.
Mamá y Papá ya no son nuestros ídolos, ya no son nuestro espejo en el que mirarnos. Claro que no. Ellos no meten goles ni venden millones y millones de discos al año.
Imponemos nuestros sentimientos, gustos, aficiones y amigos a lo único que siempre ha estado y estará ahí.
Nos ocupamos más del acné que de nuestro futuro y bienestar de los demás.
Vivimos por y para una sociedad totalmente idiota.
Quizás la culpa es mía por haber madurado cuando no debía, pero no dejéis apartado nunca al niño que lleváis dentro, que nunca se sabe lo que se tiene hasta que te lo arrebatan... No viváis para la felicidad del ajeno. No hiráis a los demás por no rozar vuestro orgullo.
En definitiva...
No seáis tan tontos. Que somos niños.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario