miércoles, 27 de enero de 2016
miércoles, 20 de enero de 2016
El meu radar
A veces buscamos lo que no queremos buscar y encontramos lo que no queremos encontrar.
Busco y busco un final distinto, quiero uno diferente para ti.
Miento.
No quiero buscarte un final, sólo quiero que vuelvas... Y entonces, es ahí cuando encuentro lo que no quería, encuentro la realidad.
La pura realidad.
Esa realidad que me da de lleno en la cara y me dice: ''Soy así''.
En el libro de Girl Online, había una parte en la que Noah y Penny, celebraban un picnic en el suelo de una azotea, bajo la atenta mirada del cielo de Nueva York, cuando él preguntó:
- ¿A qué personaje de ficción invitarías a un picnic?
Penny sonrió al instante y rápidamente supo la respuesta a la pregunta de Noah:
- A Augustus Waters, de Bajo la misma estrella. Para traerlo de vuelta a la vida.
Su respuesta me hizo pensar.
Ya sé que Augustus Waters es tan sólo un personaje de un libro, el cual odio, de John Green.
Y de verdad que siento compararte con un personaje.
Pero yo también te invitaría a un picnic y a una cena en un restaurante de cuatro estrellas Michelín.
Hablaría contigo de todo, te pediría consejo, te contaría mis pesadillas, reiríamos con mis locuras, nos estremeceríamos con mis secretos más oscuros... Nos conoceríamos, dejaríamos de ser dos conocidos extraños.
Todo eso y más querría contigo... Todo eso y más.
jueves, 14 de enero de 2016
¡Adiós, Cordera!
Esta vez, para la clase de Lengua, el trabajo era cambiar el final del cuento de Clarín ''Adiós, Cordera''.
Vamos a intentar que salga algo bonito...
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''En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:
-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!''.
Diez años más tarde...
Aún recuerdo el sentimiento del odio y la furia descontrolada en mis ojos mientras veía alejarse por aquellas vías a mi hermano. Veía como ellas, tras llevarse a Cordera, conducían a mi propia sangre a un futuro incierto.
¿Qué será de Pinín? ¿Dónde estará mi hermano?
Es triste esto de no saber si tengo que buscarle entre las numerosas estrellas del cielo o si tengo que recorrerme todos los pueblos de España, con la esperanza de verle envuelto en mantas, descansando sobre una cama de paja.
Recuerdo como, tras su partida, me dolía cada día que pasaba sin él: Las noches se me hacían más oscuras que de costumbre, mi padre ya no sonreía ni me daba conversación alguna en la mesa... Cada vez me faltaba más y más el aire.
A los tres días de que Pinín se fuera, comencé a escribir un diario, que juré no terminar hasta que volviera. Que inocente e ingenua era.
Y también recuerdo las rayas que dibujaba con un trozo de tiza blanca en la pared: Una por cada día que pasaba.
Podría haber llenado la casa entera de tiza blanca, Pinín no ha vuelto de la guerra. O quizás de la esclavitud. O de África. O puede que se encuentre en Asturias, y yo sin saberlo.
El caso es que no sé donde está, no sé que ha sido de él.
Papá murió ya hace cinco años.
El médico le diagnosticó tifus, pero yo pondría mi mano en el fuego alegando que mi padre murió de pena.
Me puse en su lugar, y con un poco de empatía no necesité tener conocimientos médicos. Fue así de simple.
Ayer volví a Gijón.
Pasé por El Humedal, por Natahoyo...
Los niños jugaban dando pequeños puntapiés a piedras del suelo, los ancianos simplemente contemplaban a la juventud, los maestros corrían de un lado a otro... Y yo me quedé quieta, allí en medio, recordando mi vida cuando aún sabía vivir. Porque ahora, vivo de los recuerdos.
Y tengo miedo.
Miedo de que llegue el día en el que olvide la cara de mi hermano: Sus verdes ojos, sus pómulos marcados, su pelo rubio siempre bien peinado hacia atrás...
Cuando murió Mamá aún sentía sus suaves manos en mis hombros mientras colocaba la mesa, creía escucharla decirle a mi padre: ¡Esa ropa no es para misa! o a Pinín lo grande y guapo que era, a pesar de que sólo me saca tres años de edad.
Pero ahora... Su recuerdo cada vez se vuelve más vago, cada vez que cuesta más recordar el tono de su voz, su tacto... ¿Y si me pasa lo mismo con mi hermano?
No me he casado. No he estado con ningún hombre.
Siempre soñé con que fuera Pinín quien me llevara al altar, mientras mis padres estaban sentados en el primer banco de la primera fila.
Juan el de Pedro me propuso matrimonio a las dos semanas de comenzar a hablar con él. En circunstancias normales le hubiera dicho que sí, porque siento la urgente necesidad de que las vecinas de la cuarta calle dejen de cotillear sobre mi vida sentimental.
Pero sin mi hermano, lamenté mucho el tener que decirle que no.
Sin mi familia, todos mis actos están condicionados. Les necesito.
Recuerdo una noche de verano en la que estábamos todos sentados a la mesa. Pinín se reía de mí porque lloraba ya que en la escuela me decían que era tan bajita como el corcho de la botella de sidra. Papá y mamá reían como Pinín, pero yo no le encontraba la gracia y lloraba con más fuerza. Pensé que no me querían. Que sólo les gustaba tenerme en la familia para no tener que pagarse un bufón profesional. Me equivocaba.
Y ahora, desde lo alto del prao Somonte, daría lo que fuera por escuchar la risa de mis padres.
Pienso una última vez en mi hermano, en Cordera, en Mamá, en Papá... Incluso en Juan el de Pedro y me dejo caer. Así fue mi vida: Siempre anduve esperando a alguien o a algo. Lo siento, pero ya estaba cansada... Pinín seguramente nunca volverá.
Tres meses después en casa de la familia de Antón de Chinta...
-¿Rosa? ¡Rosa, he vuelto!
Vamos a intentar que salga algo bonito...
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''En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que sollozaba por la vía adelante:
-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!''.
Diez años más tarde...
Aún recuerdo el sentimiento del odio y la furia descontrolada en mis ojos mientras veía alejarse por aquellas vías a mi hermano. Veía como ellas, tras llevarse a Cordera, conducían a mi propia sangre a un futuro incierto.
¿Qué será de Pinín? ¿Dónde estará mi hermano?
Es triste esto de no saber si tengo que buscarle entre las numerosas estrellas del cielo o si tengo que recorrerme todos los pueblos de España, con la esperanza de verle envuelto en mantas, descansando sobre una cama de paja.
Recuerdo como, tras su partida, me dolía cada día que pasaba sin él: Las noches se me hacían más oscuras que de costumbre, mi padre ya no sonreía ni me daba conversación alguna en la mesa... Cada vez me faltaba más y más el aire.
A los tres días de que Pinín se fuera, comencé a escribir un diario, que juré no terminar hasta que volviera. Que inocente e ingenua era.
Y también recuerdo las rayas que dibujaba con un trozo de tiza blanca en la pared: Una por cada día que pasaba.
Podría haber llenado la casa entera de tiza blanca, Pinín no ha vuelto de la guerra. O quizás de la esclavitud. O de África. O puede que se encuentre en Asturias, y yo sin saberlo.
El caso es que no sé donde está, no sé que ha sido de él.
Papá murió ya hace cinco años.
El médico le diagnosticó tifus, pero yo pondría mi mano en el fuego alegando que mi padre murió de pena.
Me puse en su lugar, y con un poco de empatía no necesité tener conocimientos médicos. Fue así de simple.
Ayer volví a Gijón.
Pasé por El Humedal, por Natahoyo...
Los niños jugaban dando pequeños puntapiés a piedras del suelo, los ancianos simplemente contemplaban a la juventud, los maestros corrían de un lado a otro... Y yo me quedé quieta, allí en medio, recordando mi vida cuando aún sabía vivir. Porque ahora, vivo de los recuerdos.
Y tengo miedo.
Miedo de que llegue el día en el que olvide la cara de mi hermano: Sus verdes ojos, sus pómulos marcados, su pelo rubio siempre bien peinado hacia atrás...
Cuando murió Mamá aún sentía sus suaves manos en mis hombros mientras colocaba la mesa, creía escucharla decirle a mi padre: ¡Esa ropa no es para misa! o a Pinín lo grande y guapo que era, a pesar de que sólo me saca tres años de edad.
Pero ahora... Su recuerdo cada vez se vuelve más vago, cada vez que cuesta más recordar el tono de su voz, su tacto... ¿Y si me pasa lo mismo con mi hermano?
No me he casado. No he estado con ningún hombre.
Siempre soñé con que fuera Pinín quien me llevara al altar, mientras mis padres estaban sentados en el primer banco de la primera fila.
Juan el de Pedro me propuso matrimonio a las dos semanas de comenzar a hablar con él. En circunstancias normales le hubiera dicho que sí, porque siento la urgente necesidad de que las vecinas de la cuarta calle dejen de cotillear sobre mi vida sentimental.
Pero sin mi hermano, lamenté mucho el tener que decirle que no.
Sin mi familia, todos mis actos están condicionados. Les necesito.
Recuerdo una noche de verano en la que estábamos todos sentados a la mesa. Pinín se reía de mí porque lloraba ya que en la escuela me decían que era tan bajita como el corcho de la botella de sidra. Papá y mamá reían como Pinín, pero yo no le encontraba la gracia y lloraba con más fuerza. Pensé que no me querían. Que sólo les gustaba tenerme en la familia para no tener que pagarse un bufón profesional. Me equivocaba.
Y ahora, desde lo alto del prao Somonte, daría lo que fuera por escuchar la risa de mis padres.
Pienso una última vez en mi hermano, en Cordera, en Mamá, en Papá... Incluso en Juan el de Pedro y me dejo caer. Así fue mi vida: Siempre anduve esperando a alguien o a algo. Lo siento, pero ya estaba cansada... Pinín seguramente nunca volverá.
Tres meses después en casa de la familia de Antón de Chinta...
-¿Rosa? ¡Rosa, he vuelto!
sábado, 9 de enero de 2016
viernes, 8 de enero de 2016
Busca tu final

A veces no tiene por qué existir un final, ya que cada uno de nosotros quedará retratado en la persona que le quiera el resto de su vida.
Seré yo que estoy más feliz de lo normal, más sentimental... Pero es que es totalmente cierto.
Ya sé que no es para nada mi estilo, pero el amor de las personas se siente y se palpa. Y se queda. Se queda generación tras generación, que no todo se va cuando dejamos de respirar.
Creedme, que es así.
jueves, 7 de enero de 2016
Nudillos

Y es que muchas veces la única opción que nos queda es apretar los dientes o dejarse los puños en la pared.
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