Esta vez, para la clase de Lengua, el trabajo era cambiar el final del cuento de Clarín ''Adiós, Cordera''.
Vamos a intentar que salga algo bonito...
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''En las vibraciones rápidas, como quejidos, creía oír, muy lejana, la voz que
sollozaba por la vía adelante:
-¡Adiós, Rosa! ¡Adiós, Cordera!''.
Diez años más tarde...
Aún recuerdo el sentimiento del odio y la furia descontrolada en mis ojos mientras veía alejarse por aquellas vías a mi hermano. Veía como ellas, tras llevarse a Cordera, conducían a mi propia sangre a un futuro incierto.
¿Qué será de Pinín? ¿Dónde estará mi hermano?
Es triste esto de no saber si tengo que buscarle entre las numerosas estrellas del cielo o si tengo que recorrerme todos los pueblos de España, con la esperanza de verle envuelto en mantas, descansando sobre una cama de paja.
Recuerdo como, tras su partida, me dolía cada día que pasaba sin él: Las noches se me hacían más oscuras que de costumbre, mi padre ya no sonreía ni me daba conversación alguna en la mesa... Cada vez me faltaba más y más el aire.
A los tres días de que Pinín se fuera, comencé a escribir un diario, que juré no terminar hasta que volviera. Que inocente e ingenua era.
Y también recuerdo las rayas que dibujaba con un trozo de tiza blanca en la pared: Una por cada día que pasaba.
Podría haber llenado la casa entera de tiza blanca, Pinín no ha vuelto de la guerra. O quizás de la esclavitud. O de África. O puede que se encuentre en Asturias, y yo sin saberlo.
El caso es que no sé donde está, no sé que ha sido de él.
Papá murió ya hace cinco años.
El médico le diagnosticó tifus, pero yo pondría mi mano en el fuego alegando que mi padre murió de pena.
Me puse en su lugar, y con un poco de empatía no necesité tener conocimientos médicos. Fue así de simple.
Ayer volví a Gijón.
Pasé por El Humedal, por Natahoyo...
Los niños jugaban dando pequeños puntapiés a piedras del suelo, los ancianos simplemente contemplaban a la juventud, los maestros corrían de un lado a otro... Y yo me quedé quieta, allí en medio, recordando mi vida cuando aún sabía vivir. Porque ahora, vivo de los recuerdos.
Y tengo miedo.
Miedo de que llegue el día en el que olvide la cara de mi hermano: Sus verdes ojos, sus pómulos marcados, su pelo rubio siempre bien peinado hacia atrás...
Cuando murió Mamá aún sentía sus suaves manos en mis hombros mientras colocaba la mesa, creía escucharla decirle a mi padre: ¡Esa ropa no es para misa! o a Pinín lo grande y guapo que era, a pesar de que sólo me saca tres años de edad.
Pero ahora... Su recuerdo cada vez se vuelve más vago, cada vez que cuesta más recordar el tono de su voz, su tacto... ¿Y si me pasa lo mismo con mi hermano?
No me he casado. No he estado con ningún hombre.
Siempre soñé con que fuera Pinín quien me llevara al altar, mientras mis padres estaban sentados en el primer banco de la primera fila.
Juan el de Pedro me propuso matrimonio a las dos semanas de comenzar a hablar con él. En circunstancias normales le hubiera dicho que sí, porque siento la urgente necesidad de que las vecinas de la cuarta calle dejen de cotillear sobre mi vida sentimental.
Pero sin mi hermano, lamenté mucho el tener que decirle que no.
Sin mi familia, todos mis actos están condicionados. Les necesito.
Recuerdo una noche de verano en la que estábamos todos sentados a la mesa. Pinín se reía de mí porque lloraba ya que en la escuela me decían que era tan bajita como el corcho de la botella de sidra. Papá y mamá reían como Pinín, pero yo no le encontraba la gracia y lloraba con más fuerza. Pensé que no me querían. Que sólo les gustaba tenerme en la familia para no tener que pagarse un bufón profesional. Me equivocaba.
Y ahora, desde lo alto del prao Somonte, daría lo que fuera por escuchar la risa de mis padres.
Pienso una última vez en mi hermano, en Cordera, en Mamá, en Papá... Incluso en Juan el de Pedro y me dejo caer. Así fue mi vida: Siempre anduve esperando a alguien o a algo. Lo siento, pero ya estaba cansada... Pinín seguramente nunca volverá.
Tres meses después en casa de la familia de Antón de Chinta...
-¿Rosa? ¡Rosa, he vuelto!
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